Transcurrido el primer cuarto del siglo XXI, las microcredenciales universitarias se consolidan como formaciones cada vez más recurrentes en las trayectorias académicas y profesionales. En tal sentido, este espacio tiene la finalidad de contribuir a una reflexión crítica sobre las potencialidades y desafíos que presenta este enfoque.
En los tiempos que corren, los profesionales universitarios se enfrentan cada vez más a nuevos desafíos de empleabilidad en un contexto vertiginoso y competitivo, que exige perfiles prácticamente únicos. Es decir, tener una titulación de grado, e incluso un posgrado, no es una condición sine qua non que garantice un trabajo para toda la vida. ¿Por qué no?
La velocidad a la que se suceden los desarrollos tecnológicos, los avances en la ciencia y las nuevas modalidades de trabajo, hacen casi imposible que las formaciones de grado y de posgrado puedan contemplar todos los cambios. Si bien son la piedra angular que cimienta la trayectoria de un profesional, la transformación digital exige un reskilling (aprender nuevas competencias) y upskilling (perfeccionar habilidades).
Es dentro del escenario descrito previamente en donde las microcredenciales universitarias pueden contribuir enormemente de distinta manera. Su diseño curricular está orientado a la adquisición de una competencia específica que apela al logro de un resultado de aprendizaje, sustentado en evidencia. En tal sentido, es una formación corta, precisa y orientada a satisfacer una demanda coyuntural, proveniente del mercado laboral. Por otra parte, la forma de validación y verificación que tienen estas formaciones se encuentra amparada en parámetros inherentes al aseguramiento de la calidad (respaldo institucional, evaluación, seguimiento, monitoreo y mejora continua).
Es así que, tanto el enfoque, la arquitectura curricular y la trazabilidad de las microcredenciales, brinda un sinfín de oportunidades para aquellas personas que decidan incursionar en ellas. No obstante, el prestigio y el reconocimiento que tendrá una microcredencial estará supeditado a condiciones de gobernanza y relacionamiento interinstitucional (universidades, empresas, cámaras de comercio y de industria, entre otros), construyendo como resultado de todo ello un ecosistema y una cultura de microcredenciales a nivel nacional, para luego escalar regional e internacionalmente.
Teniendo en cuenta todo lo esbozado previamente, desde quien escribe, surgen varias interrogantes.
¿Es posible pensar en una política nacional de microcredenciales? Es decir, ¿cómo hacer que una idea así pueda trascender el ámbito universitario e incorporarse en el sector productivo, independientemente del tamaño de cada empresa?
¿Cómo pueden coexistir las microcredenciales, las formaciones de posgrado y las carreras de grado? Todo esto en el entendido de que dichas vías son complementarias y no se superponen entre sí.
Por último, y teniendo en cuenta experiencias educativas similares, ¿sería factible tener como referencia la implementación del modelo de formación dual y tomar algunos elementos de gobernanza de éste con el cometido de afianzar y darle valor agregado a las microcredenciales como modalidad de formación continua?
Las microcredenciales y sus potencialidades son elocuentes. Resta construir un marco y desarrollar una cultura que las solidifique y las difunda con la mayor claridad y transparencia posibles.
AUTOR: Martín Schmittner Cánepa







